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Londres: al extranjero... y sola!

Bueno, bueno, tampoco es para tanto, me fui de visita a ver a una amiga que llevaba un año ya viviendo allí. Sí que era la primera vez que salía del país yo sola, y también era la segunda vez que volaba (contando que, en la primera, yo tenía unos 2 años...) Estaba hecha un manojito de nervios, pero de los nervios buenos, de ésos que se tienen cuando algo da mucha emoción.

Madrid, nosecuántos a principios de octubre de... 2001? Creo que sí.

Me levanté (y eso sí que no se me olvida) a las 5,30h porque el vuelo no podía salir más pronto, vamos. Y además, desde La Latina, que era donde yo vivía por aquel entonces, hasta Barajas, había una tiradita. Eso sí, tráfico no nos encontramos, pero 20 euros sí que me clavaron por el taxi.

Llevaba una bolsa de viaje, no iba para más que 10 días y nunca me ha gustado viajar cargada. Facturación, me pierdo en Barajas, tralarí, tralará, al llegar a Heathrow el avión no puede aterrizar y estamos esperando dando vueltas en el aire durante un ratazo, bajamos por fin, y ya estoy. ¿Y ahora qué? Téngase en cuenta que, por aquel entonces, mi inglés era bastante rudimentario (yo siempre había estudiado francés), y ahora me veía en la tesitura de tener que escoger si pasar por "declare" o "nothing to declare"... el que se dio cuenta fue el guardia de seguridad, un hombre de color de unos 120 kilos, que me pasó a "declare" rápidamente y me hacía todo tipo de preguntas, de las cuales entendía algunas sí y otras no. Me abrió la bolsa de viaje y sacó todo lo que llevaba dentro, me preguntó por la botella de orujo que me había pedido Lucía y lo volvió a meter todo dentro, de cualquier manera. Luego cerró la cremallera tan fuerte que me la rompió. Me quedé tan aturdida que no supe qué decir, y mucho menos en inglés. El tipo me echó rápidamente para quitarse el marrón, y yo me fui con cara de tonta a buscar el metro.

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El viaje en metro desde Heathrow hasta Notting Hill era bastante largo. Tenía que hacer un cambio de tren en una estación que previamente Lucía me había indicado. Dicha estación estaba al aire libre, como todas las que venía pasando mientras disfrutaba del verde paisaje de las afueras de Londres. Una vez en la estación, no me aclaraba con el cambio de línea... no era como el metro de Madrid, más bien parecía una estación de tren. Pregunté a un guardia de seguridad, que de paso me había echado la bronca porque no se podía fumar (ni aun estando al aire libre) en el andén, y resultó que no se cambia de andén, sino que todos los trenes pasan por la misma vía y hay que estar pendiente del cartelito que llevan. Una locura.

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Llego a Notting Hill y, siguiendo todo recto desde la salida del metro, llego a Homy's, la peluquería en la que Lucía lleva trabajando prácticamente desde que llegó a Londres, hace algo más de un año. No es un salón muy elegante, sobre todo teniendo en cuenta que la zona tiene fama por ser rica, pero sí que tiene varias empleadas y están casi todo el tiempo ocupadas.

Lucía me las presenta, en especial a una chica rubia llamada Sophia, que está todo el rato pendiente de mí. Me pregunta dónde he comprado el top que llevo puesto, y cuando le hablo de las tiendas españolas enseguida reconoce Zara.

Tienen unos 20 minutos para comer, de una en una, y Lucía y yo nos vamos a una cafetería que hay al lado a por un pequeño sandwich para ella. Aquí no se da mucha importancia a la comida, las cenas suelen ser mejores.

A las 19h aproximadamente se cierra el establecimiento y nos vamos a casa, en Catford Hill, bastante al Sur y al Este de la ciudad. Tenemos que tomar el metro hasta Charing Cross y después un tren hasta Catford. También hay que andar un cachito hasta la casa, pero lo cierto es que lo tienen muy bien montado.

Lucía y su novio Joe (mallorquín, pero con bastantes años en Londres) viven en una casita de dos plantas, totalmente separadas para alojar a dos familias distintas sin que compartan nada más que la puerta de entrada. Ellos viven en el piso de arriba, muy coqueto y decorado con gusto.

Al poco llega Joe, y, como ya es de noche, me proponen ir hasta Chinatown a cenar. Joe es muy majete, yo no le conocía de antes. Y allá que vamos, primero a tomar algo al Pitcher & Piano de Charing Cross y luego a su restaurante chino favorito.

El Pitcher & Piano es un bar muy elegante, blanco, de dos plantas, con unos sofás en la planta baja y un piano, claro. Muchos de los trabajadores vienen aquí a disfrutar de unas copas afterwork. Para mí es la primera vez que pruebo un brebaje rojo y dulzón, bien fuerte, que se llama After Shock. Lucía me dice que pruebe el rojo, que es de canela, aunque hay otro azul que no está tan bueno.

Del restaurante no me acuerdo muy bien... sé que era pequeño y que no estaba tan ornamentado como están los restaurantes chinos en España, y también recuerdo que las raciones eran mayores aún y el sabor no era exactamente igual, pero no podría definirlo.

Volvimos a casa a una hora que para mí era temprana, si bien todo estaba ya cerrando y el tren que tomamos era el último.

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DÍA 2

Teníamos el día entero para visitar la ciudad. Lo primero que hicimos fue un básico: la compra.

Un poco más allá de la estación de tren está el Tesco (para los que hemos vivido en Inglaterra, es un clásico!), un supermercado bien grande. Fuera hay algunos puestos de verduras y uno de posters de películas. Aquí se me plantea una cuestión interesante: ¿qué platos son típicos de este país? Porque nunca había oido hablar de ellos...

Una vez dentro, hay un par de cosas que me llaman la atención. La primera, que venden revistas. Y la segunda, que tienen todo tipo de productos en línea normal y también orgánica. Estaba muy de moda todo lo "orgánico." Por suerte para mí, también incluyen una nota en los ingredientes de cada producto indicando si es "suitable for vegetarians."

En cuanto a las especialidades del lugar... básicamente quise probar las baked beans con salchichas vegetales -orgánicas, claro. Lucía tampoco supo decirme muchas más cosas que fueran clásicas de allí, porque seguía cocinando como en España prácticamente. Lo que me pidió que le llevara, porque no se puede encontrar en Londres, es Cola-Cao, pipas y el orujo que vio el de la aduana.

Comimos en casa y salimos a ver la ciudad. Primera parada: Tower Bridge. Es un puente levadizo precioso, finalizado en 1894, después de 8 largos años. Dos Torres centrales le dan su nombre y constituyen la particularidad de la construcción, además de sus acabados en azul.

Al otro lado del Tower Bridge se levanta la London Tower, antigua cárcel de la capital inglesa. Entramos dentro (si no me equivoco fueron unas 10GBP, pero no lo recuerdo bien) para ver los cuadros y armaduras expuestos, así como para conocer un poco mejor la historia de la torre y las escalofriantes historias de cabezas cortadas y cubiertas de alquitrán expuestas en el Puente de Londres.

Siguiente parada: London Eye. Es la archiconocida noria gigante, en cuyas cápsulas uno puede subirse para contemplar una buena panorámica de Londres, a un precio elevado.
Houses of Parliament.
Al otro lado del Westminster Bridge encontramos, sonriente, el Big Ben adosado al edificio del Parliament. Toda ello, junto con la Abadía de Westminster que se halla justo detrás, es de una gran belleza.
La página web del Parliament dedica un pequeño espacio al edificio como arte, ya que está en funcionamiento como elemento político. Se puede visitar y hasta se puede acudir cuando hay sesión. Para ver algo más sobre el antiguo Palacio de Westminster, hay que echar un ojo a esta página.
Fue construido entre finales de los 1830 y principios de los 1860, obra de Charles Barry. De estilo Tudor (en la línea entre el gótico y el renacentista), llama la atención su minuciosa ornamentación y sus torres de aguja.
La Abadía de Westminster, aunque anterior, no desentona en absoluto con el magnífico edificio que acoge el actual parlamento. De estilo gótico, se construyó partiendo de una antigua abadía del siglo XI como resultado de la gran devoción del rey Enrique III. Más información aquí.

Desde allí cogimos uno de los famosos autobuses de dos plantas al vuelo. La parte de atrás está abierta, y si uno encuentra el autobús parado se puede subir y pagar después al revisor cuando pase. Por supuesto, esta turista se fue a la planta de arriba.

Bajamos en la zona comercial, para ir a la famosa Carnaby Street, en el Soho. Todo este área está plagado de tiendas de segunda mano y de ropa vintage, muchas de ellas a precios bastante asequibles. Nosotras fuimos caminando hacia Regent St., parando en los comercios que nos gustaban y tomando algún que otro cappuccino de Starbucks, por aquel entonces desconocido en España y que alegra la vida del viandante cuando camina con esa tacita de calor entre las manos.
En una pequeña pero colorida tienda me compré un paraguas con la empuñadura como una cabeza de gato. Este paraguas perdura en el tiempo, gran proeza porque todos los demás que he tenido no me han durado más de una temporada...
Desde allí, a la concurrida plaza de Covent Garden. Más tiendas, más gente, algún conciertillo callejero.
Terminado el día de compras, fuimos a por otro chupito de red after shock a Pitcher & Piano y ya calentitas, a casa a descansar. En la estación de Charing Cross nos paró un chico que al parecer conocía a Lucía de vista, de verla pasar por allí a la misma hora que él... y nos invitó a una fiesta... no fuimos, pero según Lucía era algo corriente que la gente que daba fiestas en casa invitara a otras personas que no conocía cuando pasaban por debajo de la casa... nos hacemos una idea de cuánto les gusta beber a esta gente, ¿verdad?




                                              

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