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Mostrando entradas con la etiqueta INDIA. Mostrar todas las entradas
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Houston, tenemos un problema...

... ya sabía yo que esto de posponer y posponer lo del blog no podía traer nada bueno. Ahora no encuentro ni la mitad de las fotos que tenía de casi todas partes, y lo que es peor, NO SÉ DÓNDE ESTÁ LA BITÁCORA DE INDIA!!!!! Ya puedo poner la casa patas arriba, porque no pienso dejar sin reseñar el que fue el viaje de mi vida. Argh!

Uff, qué alivio...

... tenía que aparecer, menos mal. Es que no puede uno andar mudándose de un lado para otro constantemente y pretender tener todas las cosas en orden. Y menos si ese alguien es yo. Pero bueno, ya tengo la bitácora en mi poder, así que ya puedo empezar con el viaje más hermoso que he hecho jamás: el Sur de India. Esta historia empieza en

Aeropuerto de Osaka (Kansai), 6 de septiembre de 2006


A las 7,15h de esta mañana quedamos los cuatro viajeros en la puerta de Hanabishi para coger el tren a Osaka de las 7,35h. Los cuatro llevamos una maleta pequeña y medio vacía (la mía está, además, rota) y un ínfimo bolso de mano (que, en mi caso, es una riñonera verde que compré expresamente en el Daiso por 315 yenes, gigantesca para ser una riñonera pero una nadería como equipaje de mano.) La despedida ha sido muy especial, porque justo cuando salíamos del parking ha salido Miki, la chica de vestuario que vive en la 403, y nos ha dicho "kiotsukete" y esas cosas que se dicen en Japón. Luego nos han dicho adiós los bomberos; y un hombre que vive en la residencia de enfrente y que salió de su edificio cuando saludábamos a los bomberos bajó la cuesta que lleva a las huertas de detrás del K, se dio la vuelta y nos saludó también con la mano. Precisamente en la huerta encontramos a un niño de unos 5 años entretenido mirando una rana. A Coco se le cayó la baba cuando le vio y se puso a hablar con él. Entonces el niño echó a correr detrás de nosotros, con su mochila a la espalda que era más grande que él. En el paso a nivel se desvió, suponemos que a la escuela, pero estuvo todo el camino hablándonos.
Y entonces, mientras cruzábamos las vías del tren, vi a un gatito negro, aún cachorro, bajo las ruedas de un coche. No sé qué le pasaría exactamente, pero cuando el vehículo lo dejó a la vista, el pobre no podía levantar la cabeza del suelo, aunque con el resto del cuerpo hacía fuerza para erguirse. No había siquiera gemido. Detrás venían más coches, y quité la vista porque me pareció que el final sería duro. Si es un augurio, no parece muy bueno...


El trayecto hasta Osaka fue rapidísimo, íbamos hablando todo el rato y estamos algo excitados por el viaje, así que nos invade el buen humor, a pesar de que en Japón está lloviendo. A la salida de Uehommachi cogimos un autobús (1300 yenes el trayecto) que en 50 minutos nos dejó en el aeropuerto. Tenemos que coger dos aviones, uno hasta Bombay (con escalas) y otro desde allí hasta Kochi, que es el aeropuerto de Kerala, el estado donde se encuentra nuestro destino: el ashram de Amma.


Al facturar, así como al embarcar, se cuidaron muy bien de revisar que ningún viajero llevara ningún tipo de líquido o gel en el equipaje de mano, ya que la semana pasada descubrieron en Heathrow que dos terroristas llevaban productos que al unirlos creaban un explosivo. Así que se han extremado las medidas de seguridad en todos los aeropuertos.


Ya en el avión, nos han encantado los uniformes de las azafatas (de Air India): ambas llevan un sari, en tonos rojos la de la izquierda y en tonos azules y verdes Samantha, nuestra azafata del lado derecho del avión. Ella lleva un bindi muy grande de color aguamarina, y su compañera uno pequeño y brillante. Ahora estamos a punto de comer, nos han repartido un menú en el que aparecen la opción vegetariana y la no vegetariana. Veremos qué tal, porque la comida hindú promete.


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Aeropuerto de Nueva Delhi


Última parada de este vuelo. A las cuatro horas de viaje, el avión aterrizó en Hong Kong, donde estuvimos una hora y diez minutos esperando, sin poder bajar, igual que ahora. En cada parada ha subido un equipo de limpieza para los aseos y el piso, nos han revisado el equipaje de mano y puesto una pegatina con el número del asiento.


El aeropuerto de Hong Kong es muy curioso, porque la pista le gana terreno al mar, y mientras tomas tierra ves los barcos que navegan entre los múltiples islotes que hay frente a la ciudad. De Delhi no hemos visto nada, porque ya es de noche. En Japón es la 1,30 de la madrugada y aquí en India tienen 3 horas menos. Calculamos llegar sobre las 7 de la mañana al ashram, ya que en Bombay tomaremos otro avión hasta Kochi y allí nos recogerá un taxi que nos llevará al ashram en dos o tres horas.


En Hong Kong se bajaron la mayoría de los japoneses y subieron un montón de indios. Bastantes de ellos pidieron un montón de bebidas alcohólicas, como el que estaba sentado junto a Coco, y un señor con turbante sentado dos filas delante de mí. Éste se levantó al baño y volvió haciendo eses... también me dijo algo, pero entre la melopea que llevaba y que vete a saber el idioma que usaba, no me enteré de nada.


Al aterrizar en Bombay, uno de los que se bajaban sacó su maleta del locker de encima de nuestros asientos, y de paso nos la estampó en la cabeza a Coco y a mí, provocando las risas de otros pasajeros que lo vieron. Pero nosotros estamos tan cansados que apenas reaccionamos con una sonrisilla dolorida...

Segundo día en el ashram

8 de septiembre de 2006. Amritapuri, Kollam

No sé qué hora es, pero hace poco que ha amanecido, así que calculo que entre las 7 y las 7 y media. Me desperté hace un buen rato porque Raquel se levantó para ir al baño, y aún estaba oscuro. A pesar de la hora, ya hay mucha actividad en el ashram. Amma dice que entre las cinco y las siete de la mañana son las mejores horas para practicar la espiritualidad, de modo que los monjes madrugan increíblemente para hacer la archana que da comienzo a las 4,50h y dura hasta las 6h. Archana es la recitación de los 1000 Nombres de la Madre Divina.Cuando nos despertamos, oímos los cánticos desde la habitación.


Durante el día de ayer, todas estas prácticas -unidas al cansancio del viaje, supongo- me llevaron a un estado energético muy bajo. No me apetecía hablar mucho, ni comer, ni beber, ni nada; pero me sentía bien. A la vez, durante el darshan y los bhajans podía notar la energía que Amma desprende y crea con los devotos, muy fuerte pero que no produce euforia, sino una especie de calma interior.


Por el ashram hay mucha gente, incluidos occidentales, que van descalzos. El suelo es arenoso y no está limpio, claro, pero a nadie parece importarle. Para entrar a los templos hay que descalzarse, dejando las sandalias a la entrada. Me llamaron la atención unos carteles alrededor del templo grande (donde se cantan los bhajans), advirtiendo sobre el robo de zapatos, y le pregunté a Coco al respecto. Me dijo que cuando él estuvo aquí por primera vez, le robaron once pares de sandalias. Se rió y me contó que los indios son así, si les gusta se los llevan sin más. Por mi parte, cambié las sandalias por unas chancletas de goma, por si acaso.


Referente al carácter indio, parecen gentes muy vivas. Coco nos advirtió, y la Lonely Planet nos corroboró, que llevar ropas ceñidas o que muestren algo de piernas o escote puede resultarles una invitación no sólo para decir alguna barbaridad, sino incluso para tocarte.


Hacen un gesto muy gracioso moviendo la cabeza rápidamente hacia los lados. Con ello responden "sí" a las preguntas, pero he visto que también lo hacen para despedirse o mientras charlan, es habitual.


La habitación es muy sencillita: al fondo, dos ventanas enrejadas dan al mar y al templo de Kali; junto a la ventana, un lavabo; hay una estructura de cama de 90cm con tres especies de colchones de espuma finos, de color marrón, de los que hemos cogido sendos y dormimos en el suelo. Tenemos un pequeño armario verdeazul de metal que no usamos, y al lado, una encimera con otro grifo que tampoco necesitamos. Una puerta da al baño, con un retrete y un grifo con ducha, pero sin bañera ni nada, directamente el desagüe está en el suelo. Los cuartos pueden ser compartidos por tres huéspedes, así que es posible (aunque dudo que probable) que venga otra persona al nuestro.


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Está ciendo un día muy completo. Ahora estamos descansando un momento antes de bajar a los bhajans. Además, Raquel está resentida del estómago, creemos que por la abundante y especiada comida del avión, así que hemos tenido que subir al cuarto varias veces.


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Sólo son las 22,30h, pero Raquel y yo estamos a punto de dormirnos.Anand nos llevó a la oficina de información para ver un video de Amma en los años 80, cuando empezaba a hacer Krishna Bhava. era muy interesante, pero estamos rotas, no lo vimos acabar. Amma aparecía con el rostro azulado y una mirada muy extraña, como masculina. Además movía las piernas complusivamente, temblándole todo el cuerpo. Esto ya no lo hace.


Al llegar a la habitación teníamos una nota de la oficina de Seva para hacer trabajo desinteresado en el ashram. Esta mañana, mientras desayunábamos en la Westerner Cantinee unos corn flakes con yogur natural, se acercó el chico que lleva lo del seva para preguntarnos si queríamos hacer algún trabajo. Estuvimos fregando los cacharros de la cocina allí mismo, no sé durante cuánto tiempo, calculo que unas dos horas.


Después de eso, Sergio vino a buscarnos y los tres fuimos al banco a cambiar moneda. Por 150 euros me han dado 8660 rupias. Ya con dinero, nos dirigimos al templo de Kali para pagar las 2300 rupias que costó el taxi que nos trajo del aeropuerto. Como Amma llegó para dar el satsang, nos quedamos meditando y luego nos fuimos a comer el arroz que sirven gratuitamente para todos. Ahí me di cuenta de que no pagan los residente, pero los indios del poblado tienen que abonar lo que puedan (a no ser que no tengan nada, pero no es lo normal.) El arroz de hoy era seco y se sirvió con curry y soja texturizada, estaba francamente bueno. Hay que hacer una larga cola para que le sirvan a uno, y además se paró de repente cerca de nuestro turno. Vimos que había gente que se colaba y se echaba comida en el plato, conque nos dispusimos a hacer lo mismo. Uno de los que servían dijo a Sergio que no lo hiciera al coger la paleta con el arroz, y muy sorprendidos nos quedamos esperando, hasta que llegó una chica extranjera y nos dijo que a los indios no hay que hacerles ni caso, se puso arroz en el plato y se fue. Nosotros la imitamos, y a partir de ahora nos fiaremos menos de los indios.


Por la tarde estuvimos "de compras" en el ashram. Ya que teníamos dinero, nos dedicamos a recopilar todo el material sobre Amma que necesitábamos. Primero, en la tienda de la entrada, adquirí una gran foto enmarcada por 350 rupias, un rosario de 54 semillas por 400 rupias y un pisapapeles con una foto que me gustó especialmente de Amma cuando era joven, por 40 rupias.


Después, Raquel y yo pasamos por la oficina de información para inscribirnos en la excursión en barco por los backwaters, para mañana por la tarde. Nos costó 200 rupias por persona. Es una visita guiada por el delta del río que hay junto al ashram, incluyendo un templo de Kali cercano. Nosotras pensábamos que se podría tomar el barco hasta Allepey, pero no es así, hay que volver al ashram. De igual modo, quisimos hacer la ruta. En la misma oficina de información pudimos comprar libros de Amma en español y fotografías.


Yo necesitaba algo de ropa para cambiarme, porque me vine con lo puesto y un vestido. Pasé por la tienda de segunda mano, pero no me convenció nada. Luego fui a la otra tienda (todo esto dentro del templo de Kali) y allí me hice con un punjabi en tonos rojos con adornos en dorado dibujando una cuadrícula. El punjabi es un traje compuesto por un pantalón ancho -que a veces se estrecha en los tobillos-, una camisola larga hasta las rodillas y un pañuelo largo que se pone de un hombro a otro por encima del pecho. Me costó 660 rupias. Lo último que compramos fue un cojín para meditar y un par de botellas de agua en la tienda que hay fuera del templo.


A las 18,30 y hasta las 20h fuimos a los bhajans, que fueron muy animados, primero porque unos de los brahmacharis se equivocó al anunciar el bhajan y empezaron a tocar otra cosa, y Amma le tiró de una oreja para regañarle; y al final, una mujer que estaba sentada detrás de mí en el suelo, con su hijo, se puso a gritar mientras abrazaba al niño. Era una mujer joven francesa.


Cuando terminó el Arati (es la parte final, cuando Amma ya se ha ido y los brahmacharis cantan un bhajan específico mientras se hace un ritual quemando alcanfor), fuimos los cuatro a comer en el mismo sitio que al mediodía. Nos sirvieron arroz caldoso con un curry de verduras que no me gustó nada, así que comí muy poco. Y ya por fin nos fuimos a ver el vídeo de Amma que comentaba antes.

Tercer día en el ashram

9 de septiembre de 2006. Amritapuri, Kollam.


Esta mañana nos levantamos a las 6, porque en media hora debíamos estar frente a la cantina para ir a pasear y hacer una lectura. Una vez que llegamos allí, encontramos a otras personas con diferentes informaciones sobre la actividad. Una chica se nos acercó para decirnos que ella era quien llevaba lo del campo de tulasi, dándonos explicaciones de cómo llegar, y como estábamos tan confundidas, las seguimos. También venían una mujer francesa y una japonesa.


En el campo había dos chicos trabajando, y la chica que nos había indicado el camino llegó poco antes que nosotras en bici. Se llama Sarvaga, es de California y habla un poco de español. Amma le había encargado la plantación de 10000 tulasis, que es la variedad india de la albahaca, con propiedades curativas. Nos enseñó a quitar los hierbajos de un terreno para cultivar después en el los "babies" de tulasi, como ella decía, pero súbitamente se puso a llover muy fuerte y tuvimos que ponernos entre dos especies de granero, entre los cuales había también un terrenito cultivable sobre el que extendimos una lona. La lluvia fue tan fuerte que no podíamos seguir arrancando hierbas, y empezamos a plantar retoños en una esquina que no estaba inundada. Paró durante un rato, pero empezó otra vez y lo dejamos. Nos metimos en un granero y Sarvaga llamó al ashram para intentar conseguir un coche o un rickshaw que nos trajera de vuelta. La francesa se fue andando con los dos chicos, y nosotras cuatro finalmente decidimos coger la lona y subir cubriéndonos con ella, cogiendo cada una de un extremo... menudo cuadro: Raquel y yo llevábamos chanclas y las íbamos perdiendo por el camino, porque todo estaba inundado y el agua de los charcos hacía que se nos escaparan de los pies. Antes de llegar a la carretera llamaron a Sarvaga para advertirle de que un rickshaw venía a por nosotras. Qué risa cuando ella le dijo al conductor que éramos cuatro mujeres debajo de una lona azul... me imagino la cara que pondría el hombre... bastante parecida a la que puso cuando nos vio. Un rickshaw es una especie de moto con una cabina detrás para llevar pasajeros. La que nos vino a buscar estaba profusamente decorada con corazoncitos y patitos y flores, y era de color rosa. Nos dejó en una calle cercana, donde nos fue a buscar con dos paraguas el chico con el que había hablado Sarvaga, y además nos trajo dos magdalenas porque la cantina deja de servir comida a las 10h. En cuanto bajamos, una niña se acercó a Raquel alargando la mano, y ella le dio la magdalena. De hecho, toda la gente que nos encontrábamos nos tendía la mano para que les diéramos lo que fuera. Esto es una costumbre terrible de la que somos culpables los occidentales que llegamos regalando tonterías, porque el problema de estas personas no es que necesiten unas rupias para comer o que unos niños tengan un caramelo. Es mucho más serio, y no se arregla con limosnas absurdas.


El caminito estaba llenísimo de agua. Creí que vomitaba cuando tuve que pasar por un charco verde con los pies semidesnudos, sobre todo al notar que en alguna zonas el agua estaba caliente. Pero a la gente que vive en el ashram no les importa. Ni siquiera a los occidentales.


En cuanto llegamos, entramos en la cantina hindú a comer algo. Yo cogí un plátano rebozado -sin saber lo que era, por eso me comí sólo un mordisco... no me gustan los plátanos-, una rosquilla picante como las del primer día y dos dulces, uno de coco y otro rosa que no sé de qué era. 20 rupias en total. Yo subí al cuarto a ducharme, con la comida en la mano, porque estaba asqueada de pensar en el agua verde y caliente. Todavía se me ponen los pelos de punta cuando lo pienso.


Esta mañana, al salir del ascensor, nos encontramos a Coco. Nos dijo que estaba muy cansado y que necesitaba dormir, y que Sergio iba a hacer durante el día de hoy silencio y ayuno. Ayer estaba muy excitado con la comida, su doti nuevo (una falda para hombres) y el ambiente en general. Quizá se ha sentido mal por tanta explosión emocional y quisiera corregirse haciendo austeridades. A ver si le vemos luego.


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Hemos bajado las dos al templo, y no me han dejado entrar porque cogí el teléfono móvil de Sergio para ver la hora, y no se puede pasar con él. El hombre que me advirtió me dijo que lo dejara en la habitación y volviera, pero me ha sentado tan mal la comida que vomité dos veces antes de bajar y el estómago me arde, así que me voy a quedar en la habitación. A las 15,20h tenemos que estar en el embarcadero para hacer la excursión por los backwaters, espero que no llueva más.


Al subir me encontré con la mujer francesa que estuvo en el campo de tulasi esta mañana, y al ver que iba con su hijo me di cuenta de que era la que ayer gritó durante los bhajans. Me preguntó si habíamos cogido el rickshaw y le conté nuestra pequeña aventura.

Y salimos del ashram...

Kanyakulam Train Station. 10 de septiembre de 2009

Estamos esperando el tren que nos lleve a Trivandrum, y se está convirtiendo en una aventura. Cruzamos el río gratuitamente en una barca, unos metros más allá a la derecha cogimos un rickshaw y vinimos, entre baches y bajo la lluvia, hasta la estación de tren (unos 20 minutos, 140 rupias.) El ticket para Trivandrum cuesta 38 rupias, pero no tenemos ni idea de qué tipo de tren es ni de qué clase hemos comprado el billete, porque la empleada de la ventanilla parecía tan molesta por trabajar que no invitaba a hacerle preguntas. Sólo quise confirmar la hora de salida, y me dijo que lo mirara en el andén... Preguntamos a una mujer que nos indicó un andén que no era, porque poco después vino un hombre -no sabemos cómo se enteró de nuestro destino- que nos dijo que había que cruzar el puente sobre las vías hasta el otro andén. Se han ido ya dos trenes, pero nos han dicho que no es ninguno de ellos. Y aquí estamos sentadas, un poco nerviosas y expectantes, a merced de lo que nos diga la gente, porque no hay ningún trabajador por aquí, ni revisores ni nada.


Al levantarnos, dejamos los cubos y la ropa de cama prestada en la puerta de la oficina de donde la sacamos, y fuimos a desayunar a la cantina hindú: dosa con curry (una especie de crêpe), una cosa cuadrada parecida a una torrija dulce y una bola marrón, también dulce y esponjosa, con chai. Mientras, Isabel, una devota catalana que conocimos nada más llegar, y que ayer vino a los backwaters, nos hizo algunas recomendaciones sobre la zona y sobre la vida y costumbres. Nos dijo que pidiéramos ver las habitaciones de los hoteles antes de pagarlas, y que siempre nos tapáramos el pecho con un chal para disimular las formas del cuerpo. Oido cocina.


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En el tren


Por fin, y gracias a una chica hindú con un inglés estupendo y muy comprensible, hemos cogido el tren de las 9,10h a las 9,45h. Definitivamente, no nos hemos perdido ningún tren, porque los otros que pasaron por la estación iban en dirección contraria. Extraño, pero cierto.


La joven que nos ayudó se ha bajado en la primera parada. Se sentó en la mitad del asiento que le sobraba a una niña de unos 8 años, quien se bajó también en esa parada despidiéndose de nosotras uniendo las palmas de sus manos y llevándoselas al entrecejo, con una sonrisa. Y por fin pudimos sentarnos. Tenemos un trayecto de unas dos horas y media hasta Trivandrum. Lo cierto es que podríamos habernos sentado en la rejilla para equipajes que hay sobre los asientos; la chica nos lo indicó, y de hecho había gente que viajaba así, pero preferimos no hacerlo para no incomodar a los que iban correctamente sentados en los bancos.


Cuando el tren se para en algunas estaciones, enseguida suben varios hombres vendiendo periódicos, rosquillas y dulces, samosas, incluso café que llevan en un termo y que sirven en vasos de plástico. También se asoman por las ventanas desde fuera para vender cualquier snack. En Quillam subieron; en Varkala, por ejemplo, no. Nuevamente los niños que había en esta estación se despidieron de nosotras con la mano y una gran sonrisa india.





Ha venido una mujer joven con una niña de no más de dos años en brazos, cantando y tocando una especie de carraca hecha con dos losas. Casi todo el mundo le ha dado unas monedas, yo le di a la niña un billete de 10 rupias y Raquel también les ha dado algo. Me recuerda al metro de Madrid, sólo que aquí no piden insistentemente ni tampoco dan las gracias hasta el hastío.


Los paisajes, al margen de la pobreza y la suciedad, son francamente impresionantes. Está todo plagado de palmeras, y se ven muchos ríos y charcas. Ya no llueve, tal y como nos dijo Isabel hará más calor conforme vayamos más al Sur.

Backwaters

Ha parado de llover, y Raquel y yo hemos cogido finalmente el barco para hacer la excursión por los backwaters. Hay otras tres españolas a bordo, una japonesa con un niño, una pareja con una niña y otras dos mujeres de nacionalidad desconocida. Llevamos un guía indio que habla inglés y otro que maneja el bote. El motor hace tanto ruido que dudo que pueda grabar nada.


Se ha puesto otra vez a llover. Imagino que, si sigue así, no bajaremos en el templo de Kali.


Hay muchas barcas, a lo largo de todo el recorrido, atracadas en pequeños puertos- y tan pequeños, de hecho, sólo tienen un hueco y un palo para amarrar. Hay varios tipos de barcos, unos más grandes que van al mar durante unos 15 días, generalmente negros y pintados con cenefas de colores. Los más pequeños son para pescar en los mismos backwaters.


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Hemos parado para ver el refugio que construyó Amma cuando ocurrió el tsunami. El guía va explicándolo todo a la perfección, pero me cuesta a veces entenderle porque tiene un acento hindú muy duro. Dijo que, en principio, la gente debía quedarse como un par de semanas en el refugio hasta que se pudieran arreglar algunas casas, pero que finalmente muchos tuvieron que esperar hasta un par de meses. Muchos protestaron porque la zona que barrió el tsunami tenía casas de gente más rica, y les parecían poco los refugios, que ni siquiera tenían ventanas.


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Templo de Kali en los backwaters.


La siguiente parada ha sido el templo de Kali. Aún estaba cerrado, y mientras esperábamos en el exterior, el guía nos ha comentado muchas cosas respecto a la religión hindú. Nos ha dicho que, para ellos, hay millones de dioses, y que en India se venera todo, no sólo los iconos de los templos, sino a los animales, a las plantas, a las rocas, al cielo, a la Naturaleza. En realidad no son dioses distintos entre sí, sino que son formas diferentes de una misma cosa. Lo que hay fuera es una ficción. Me ha dicho: "tú tienes un nombre porque tú tienes una forma; y porque tienes forma, eres nombrada , al igual que el resto de las cosas que vemos en el exterior." A los dioses los representan con formas y les dan nombres para hacerlos asequibles. Se puede venerar cualquier cosa, pero cuando se va a un templo, la presencia de Dios es más fuerte y permite que los sentidos se concentren, facilitando la mirada introspectiva para encontrar la deidad dentro de uno mismo, que es donde reside la verdadera felicidad, y no en las cosas exteriores, que son una ilusión. Dijo: "cuando nos tomamos un helado, todos los sentidos están pendientes del placer que produce su sabor, color, textura, aroma, y se pierden todo lo demás por sentir ese pequeño placer insignificante. Pero cuando se entra en el templo, y se medita, uno está pendiente del sonido del metal que anuncia el principio y el fin de la meditación, de la luz que emanan las velas, del aroma del incienso, todo está atento para recibir la presencia divina." Nos contó también que en Kerala hay tres gurús como Amma, pero ella es la única que permite a los devotos acercarse. En total, dice haber visto a 15 seres realizados, aunque ninguno como ella.


En el interior de los templos no se pueden hacer fotos. Hay que entrar descalzo y los hombres, en éste en concreto, deben desnudarse el pecho. Había en el centro una imagen de Kali en metal, y en otro pequeño altar, la imagen de Ganesha. Detrás de ambos, otros dos altarcitos con una llama. Simbolizan el mundo, el todo. Se pueden representar también como pavos reales, el dios Indra. Nos contó que, por ejemplo, Durga se representa con un tigre, y que todo ello son símbolos de las estaciones de la mente.
Entregamos unas rupias en un arca, y pudimos usar los materiales que se ofrecían a Kali para ponernos un bindi de color carne. Luego salimos para tomar de vuelta el barco. Todos los hindúes que nos encontramos nos saludaron muy alegremente.


Los backwaters (el delta) son en sí un espectáculo natural y humano. Desde el barco se ven las casas de las aldeas que hay a ambos lados, y algunos templos menores que el que visitamos. Incluso había una iglesia católica. A lo largo del río hay dispuestas unas redes de pesca que no había visto jamás antes, y que permiten la captura de un gran número de peces al mismo tiempo.


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Llegamos al ashram cuando la tienda de ayurveda estaba abierta. Compré una medicina en polvo para el dolor de estómago que me ha acompañado todo el día, un bálsamo para los dolores en general, otro polvo para  regular los nutrientes que me va a ir genial y un líquido para la psoriasis de mi madre.


Resultó que Amma seguía dando darshan a esas horas, y corriendo dejamos las bolsas en el cuarto para bajar a recibirlo. En el ascensor conocimos a un chico francés que habla español y lleva tres o cuatro años aquí, y nos llevó a donde estaba Amma, porque estaban haciendo la puja (ofrenda), que indica que ya acabó el darshan. Nos pusimos allí, a su lado, para verla, y me dio prasad.


Nos encontramos a Sarvaga, y nos llevó junto al teléfono público, donde hay un listado con los horarios de los trenes que pasan por la estación de Kayankulam. Cenamos (yo me limité a una tortilla francesa y un té de peppermint para el estómago) e hicimos el check-out, ya que al día siguiente íbamos a madrugar mucho. Nos cobraron 450 rupias por persona los tres días que estuvimos alojadas. Coco estuvo con nosotras en la habitación unos instantes para despedirse (hombres y mujeres están separados en las habitaciones) y para quedarse con la foto de Amma, que no me cabe en la maleta, y me la llevarán a Cochín los chicos el día que volvamos a Japón. De pronto, llamaron a la puerta, y resultó ser una mujer italiana que había venido por la tarde y estaba alojada en el mismo cuarto que nosotras, y ni nos habíamos dado cuenta de que había otra cama hecha bajo la ventana y una maleta más... La mujer sólo hablaba italiano- nosotras nos entendíamos, pero no sé cómo lo hará con el resto- y tenía que esperar a un amigo suyo en el ashram durante 18 días, porque al parecer iban a trabajar como asistentes sociales allí dentro. Ella no practicaba yoga ni meditación ni nada, y estaba agobiadísima porque no encontraba nada que hacer durante todo ese tiempo. Tendrá que cambiar el chip.

Trivandrum



Llegamos, preguntamos en la oficina de reservas de billetes si era necesario sacar con antelación un ticket para Kanyakumari, nos dijeron que no y nos fuimos directamente al hotel que mejor pintaba en la Lonely Planet. Es barato y cercano a la estación. En la recepción sólo había hombres, y fueron muy amables; antes de inscribirnos vimos la habitación, que es grande y con ventilador, además de un baño similar al del ashram pero sin retrete estilo occidental. Tiene televisor, aunque dudo que lo usemos. Nos han cobrado 299 rupias por la noche de hoy.


Dando una vuelta camino del zoológico y de los museos, (que, por cierto, no llegamos a ver) paramos en una tienda de artículos de Kashmir. Este tipo de tiendas proliferan por todos los sitios que visitamos y son muy características. El dependiente se deshizo en charla para vender lo que fuera. Yo compré una cajita de papier-mâché que costaba 260 rupias y me llevé por 180.


Lo cierto es que ninguna de las dos estaba especialmente interesada en las visitas que proponía la guía de viajes. Era la primera ciudad que veíamos en India, y es un sitio feo y desangelado. A lo largo del trayecto que hicimos vimos algunos edificios interesantes, entre ellos el College of Fine Arts.


Comimos en el restaurante de un hotel cuyo nombre no recuerdo, pero debía ser de bastante categoría, ya que desde el trato hasta la decoración, pasando por el precio, era diferente a lo que veníamos viendo. Había sólo un camarero joven, que nos preguntó muchas cosas sobre nosotras (esto es una costumbre que puede sorprender e incluso molestar a algún turista si no se tiene en cuenta que en India es corriente preguntar sobre detalles personales, como la edad, estado civil... y es por pura curiosidad.) Al saber que somos españolas, nos dijo que conocía el Real Madrid y algunos jugadores. En fin... Pagamos 320 rupias entre las dos, y le dejamos 70 de propina.


Subiendo la misma calle, que parece ser la principal, Manjalikulam Road, encontramos varios comercios y un mercado, en el que compramos unas faldas y un punjabi para regalar a las compañeras de vuelta en Japón, y donde Raquel encontró un sastre al que dejó arreglando el suyo. Frente al mercado, una coonstrucción curiosa: la Catedral de San José.


Entramos en una galería comercial de la que volvíamos al hotel. Una mujer mayor, dueña de un establecimiento de ropa para niños, me llamó dentro de la tienda para enseñarme una falda con un top a juego... de pronto, nos mostró una foto muy grande de un hombre, sobre la puerta. Era su marido, que había muerto hacía poco. Por lo que nos dijo, tenía 50 años y murió de cáncer de pecho. La pobre se puso a llorar, y nosotras nos quedamos estupefactas, sin saber qué decirle. Pensé que podría ser una estrategia para vender, aunque aquella mujer parecía estar pasándolo realmente mal.




Ya de noche nos acercamos al templo de Sri Padmanabhaswamy, que ya estaba cerrado, pero al que tampoco podríamos haber entrado porque no somos indias. Se nos acercó un hombre para informarnos de que hay 365 pilares en el interior, y que cada fila está dedicada a una forma de Dios (Krishna, Vishnu...) Luego, claro, nos pidió un donativo para el templo, y también otro para él, que tenía que comer. Raquel le dio un billete de 10 rupias.


No hemos cenado porque, de lo cansadas que estamos, no tenemos apetito siquiera. Mañana cogeremos otro tren para ir a Kanyakumari, presumiblemente a las 10h. Estaremos un poco antes, por si acaso, aunque seguro que nos toca esperar.

De Kerala a Tamil Nadu

Trivandrum, 11 de septiembre de 2006

Anoche nos abrasaron los mosquitos... o cualquiera que sea el insecto que me picó, porque me ha dejado unos bultos considerables en brazos y manos. A Raquel también le picaron, pero no tiene los mismos bultos que yo. Debido al picor, me desperté para ponerme un protector, y la debí despertar también a ella, porque se levantó y, al dar la luz, gritó. Había una cucaracha de unos 5 cm en la pared, marrón. La asusté de un zapatazo y salió corriendo, no sé a dónde porque ya no la encontramos más. Bueno, mientras no salga una rata...


La única sábana de la cama se quedó como bajera, porque si bien podía haber estado más limpia, el colchón era aún peor.


A las 7,45h nos fuimos del hotel y nos metimos en un "Family Restaurant", donde tardaron un siglo en darnos la carta y están tardando otro en hacernos un par de tortillas francesas. Hubiera pedido otra cosa ya hecha, pero el camarero me enseñó una especie de dosa... con la mano... así que mejor espero.


Ah, fenomenal, media hora después de pedir vemos entrar por la puerta, tan tranquilamente, a un chico que trae los huevos. Y nosotras pensando que nos estaban haciendo la tortilla, cuando no tenían ni materia prima. La cara que debo tener en estos momentos no tiene precio.


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Estación de Trivandrum


Estábamos a punto de irnos del restaurante cuando finalmente llegaron las tortillas, que por cierto, tenían cebolla. El camarero se hizo un lío con los cubiertos, porque a mí me puso una cuchara; a Raquel, un tenedor, y en las tostadas que también pidió ella pusieron uno de cada... El chai se lo sirvieron en un vaso sucio, y lo cambió a otro de metal que facilitan a cada comensal, junto con una jarra de agua caliente. 10 rupias cada tortilla, 8 rupias las tostadas y 5 rupias el chai.


Compramos los billetes para Kanyakumari (Cabo Comorín), 198 rupias los dos, y procuramos enterarnos bien del andén y la hora. En principio, a las 9,50h sale el Kanyakumari Express. Afortunadamente, en los bancos donde nos hemos sentado hay un grupo de familias que enseguida se han puesto a preguntarnos de dónde somos, a dónde vamos y qué hemos visto en India. Ellos no son de Kerala, probablemente estarán de vacaciones. Cuesta bastante entender su acento, aunque a ellos les pasa lo mismo con nosotras. De hecho, el dependiente que le vendió los punjabis a Raquel ayer nos dijo que "el inglés de España es muy diferente." En fin, que tuvimos que explicarle que en España no se habla inglés, sino español, y se quedó muy sorprendido.


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En el tren


En la estación nos mandaron al andén nº2 al principio, y justo antes de que llegara el tren una occidental nos advirtió de que había que cambiar rápidamente al andén 4. Resultó ser española, de Barcelona, y habia conocido a una chica alemana que también viajaba a Kanyakumari. Estamos viajando las cuatro juntas en el mismo compartimento, esta vez vacío. A Nines, la catalana, le vendieron un billete de 32 rupias, y a Hana, uno de 64. El nuestro es casi de 100 por barba... nos dimos cuenta cuando vino el revisor y quiso hacerle pagar a Nines una multa de 200 rupias si pretendía quedarse en nuestro compartimento. Total, le protesté al revisor que viajábamos juntas y que el precio del ticket debió ser un error de la persona de la taquilla, y al final le ha dejado estar con nosotras.


De nuevo han venido muchos vendedores de café, chai y dulces; nuestras nuevas amigas compraron sendos paquetes de cacahuetes con melaza, algo parecido al turrón de guirlache. En Japón también lo venden, pero con forma cilíndrica y con mantequilla.

Kanyakumari

Vivekanandapuram. En el ashram de Vivekanandra Kendra

Nines ha venido con nosotras al ashram de Vivekananda. Está a 1 km aproximadamente de la estación, así que nos fuimos andando. Lo cierto es que no parece un ashram, sino un resort turístico. Tiene hasta una playa privada, aunque no sé si la veremos porque no estoy muy interesada en playas y no tenemos mucho tiempo. No hemos visto a ningún occidental por ninguna parte. Tampoco nos han dado un programa de actividades como en Amritapuri, donde se especifican las horas del darshan, los bhajans y el seva. Incluso nos han enseñado la habitación antes de cogerla y nos han subido las maletas. Hay ventilador y dos estructuras de cama con sus colchones y sábanas. Esperábamos algo diferente, pero nos irá bien un poco de comodidad.


Raquel y yo vamos a bajar al pueblo, yo quiero hacerme con algún sari para cambiarme. Hemos quedado con Nines en el templo para ver la puesta de sol y ella llamará a Hana.


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Al final no nos encontramos con las otras dos viajeras, pero aún así hemos aprovechado muy bien el día.


Salimos del ashram con dirección al mar, de modo que tomamos la calle principal por donde vinimos, en dirección opuesta y hasta el final. Pasamos casas, alguna tiendecita, la comisaría, y al final vimos un montón de puestecitos. Enseguida comprendimos que era zona turística: los niños te piden dinero tirándote de las mangas, los vendedores se te tiran al cuello y siempre estás rodeada de gente pidiendo u ofreciendo.


Comisaría de policía de Kanyakumari
Por fin me compré una tela de sari, es azul verdosa con motivos plateados. Al principio me atendió un chico que me dijo que costaba 300 rupias, pero al poco vino un hombre con mejor inglés- aquí no lo habla casi nadie- y que debía ser el jefe, que me dijo que eran 325. Bueno, por 25 rupias no me importó, y además nos llevaría a un lugar donde en una hora me lo confeccionarían. Primero fuimos a un local donde sólo hacían ropa para hombres, y luego nos llevó a una gran casa en la que una costurera estaba trabajando. Se sorprendió mucho de vernos, pero fue muy amable con nosotras, como todos los indios.


Durante la hora de espera dimos una vuelta por el muelle, donde había algunos hombres trabajando las redes y muchos grupos, de hombreas algunos y de mujeres otros, jugando a las cartas o a un juego de mesa que no conozco. Todos los niños nos sonreían y saludaban, y mucha gente nos preguntaba en inglés nuestro nombre y procedencia, aunque era lo único que sabían decir y no podíamos conversar más. Llegó un autobús escolar, y los que bajaban de él se nos acercaban pidiendo algo que no entendíamos. Al cabo nos dimos cuenta de que querían "school pens", es decir, bolígrafos. Y nosotras con uno sólo. Cometí el error de ofrecérselo a una niña pequeña que me miraba sin parar mientras yo apuntaba las fotos que había hecho, y aunque ella rehusó, me vieron otros chicos que se agolparon alrededor para pedir más.


En el pueblo hay varias iglesias católicas, y una catedral blanca imitando el estilo gótico europeo, pero en pequeño. Las iglesias tienen muchos colores, como casi todo en este país.


Cuando volví a por el sari, la costurera y otra mujer me lo pusieron. Hay que llevar una combinación debajo, pero no quise que me la hicieran, porque el hombre que me llevó me parecía un negociante de cuidado. La tela me la engancharon al pantalón. Les había dado un billete de 100 rupias, del que me debían devolver 25. Naturalmente, cuando se lo pedí al hombre, me dijo que eran para pagar a la otra mujer que me ayudó a poner el sari. Le dije que estaba mal hecho eso, que debería avisarme antes, y que me las devolviera. Tras discutir unos minutos, fue a la casa y regresó con un billete de 50, pidiéndome cambio -a sabiendas de que no tengo-, a lo que respondí severamente que se lo quedara, pero que no volvería a hacer negocios con él. Fue corriendo a conseguir cambio a una tienda, pero realmente 25 rupias para mí no son nada, y nos fuimos antes de que volviera.


Dando otra vuelta por el mercadillo, compré una figura en madera de sándalo de Ganesha, y un escudo con dos sables cruzados para llevarle un recuerdo a Daisuke.


Luego fuimos al Gandhi Memorial, un edificio de color rosa al que se accede bajando unas escaleras. También hay que descalzarse para entrar. Allí mismo nos empezó a hablar un guía, le calculo unos cincuenta y tantos años, que nos fue explicando en inglés las fotos de Gandhi que había en las paredes de la única sala que hay. Aparecía Gandhi de joven, estudiando en Londres; con personalidades del gobierno inglés, con el Primer Ministro indio, con su esposa y políticos musulmanes... En el centro, una piedra donde se pusieron parte de las cenizas de Gandhi cuando murió, que actualmente está vacía, y a la que un rayo de sol ilumina desde un agujero en el techo a las 12 horas del día del cumpleaños de Gandhi.






Hay dos niveles más altos para ver el mar desde el tejado. Allí vimos la puesta de sol, en la interesección del Índico, el mar Arábigo y el Golfo de Bengala. El guía era muy simpático, le dimos 100 rupias por cabeza como donativo para el Memorial y 30 más cada una para él. Esto de los donativos es algo que hay que tomarse con filosofía, porque los guías lo usan indiscriminadamente para sacarse un sobresueldo además de la propina. Pero bueno, el hombre se puso muy contento, se despidió con dos abrazos y soplándonos la frente (dice que se hace a los hijos), nos dio su dirección, y nosotras la de Japón, para que le mandemos las fotos. Y si volvemos aquí el año que viene, ha prometido llevarnos a varios sitios en Tamil Nadu. A mí me levantó en volandas y me dio vueltas por el aire... 260 rupias es muchísimo dinero.


De noche, en el ashram, Nines vino a nuestro cuarto y quedamos para ver el amanecer al día siguiente.

Nace el sol

Kanyakumari, 12 de septiembre de 2006



Nos hemos levantado a las 6 de la mañana para ver la salida del sol en la playa del ashram. En realidad, el sol ya había dado sus primeros rayos, pero de cualquier manera fue un espectáculo increíble. Había un montón de indios, probablemente turistas que venían de otras regiones. Íbamos Raquel, Nines y yo.


Un grupo de chicos salió corriendo detrás de mí para hacerse una foto conmigo, seguro que les resultaba extraño ver a una occidental en el ashram, y más vestida con un punjabi. A cambio, les pedí una yo también. No hay que perder la oportunidad de fotografiarse con un grupo de chicarrones! Lo gracioso es que soy la única que no va vestida al estilo occidental.


Cuando el sol estuvo bien alto, a las 7, cerraron la playa. Entonces comprendí que en India, las playas no son sitios que la gente utiliza para tomar el sol y jugar en el mar, y desde luego no en traje de baño. Para ellos, el agua tiene un significado religioso, un poder purificador, y más aún en este lugar en el que confluyen el Índico, el mar Arábigo y el Golfo de Bengala.


Después nos fuimos a dar una vuelta por los jardines del ashram, donde hay un monumento al Swami Vivekananda Kendra. El ashram es impresionantemente grande, y está muy cuidado, en especial toda esta zona. Ahora que lo pienso, en Amritapuri no se podían sacar fotos, pero aquí no nos han dicho nada...


Tumba de Vivekananda Kendra en el interior del ashram





En el centro de los jardines está la estatua de Vivekananda Kendra, y también hay un féretro en el lugar donde se incineró uno de sus seguidores, Eknath Ranade, que creó el Vivekananda Rock Memorial.


El ashram es uno de los varios establecimientos que tiene la asociación que trabaja según las enseñanzas de este Swami. Es francamente interesante, y recomiendo echar un vistazo a su página , amén de visitarlo si se viaja a esta zona de India.


Tras la visita a los jardines, en el mismo ashram nos abordó un taxista, que nos ofreció una especie de tour de 3 horas por 300 rupias. Sacó un papel con los nombres de varios templos, y decidimos las tres aceptar y hacer la ruta antes de tomar el ferry al Sri Vivekananda Memorial Rock.


La primera parada fue un pequeño templo dedicado a Rama, que a mí me pareció de uso cotidiano, no un lugar de turisteo. Tanto mejor. Nos dieron prasad y crema de leche, y el monje nos puso un bindi con las tinturas naturales que hay en todos los templos, ofrecidas a la divinidad (suelen ser de azafrán, flores machacadas, depende del color.)


Medecin Mountain
Lo que íbamos a ver es el templo Sthanumalayan, en Suchindrum, a unos 13 km de Kanyakumari. Por el camino, el taxista nos mostró una montaña, y nos dijo que era la "Medicine Mountain", porque en ella crecían cantidad de hierbas que se empleaban en la tradicional medicina ayurvédica.


El templo es increíble. La entrada se alza con millares de altorrelieves y estatuas de diversos tamaños, en el color de la piedra, sin que se puedan distinguir desde lejos. Pero a medida que uno se acerca, ve la grandiosidad de la fachada. Hay muchas imágenes femeninas, incluso en el interior hay una de Ganesha con atributos de mujer, y en el folleto que compró Nines pone algo al respecto. Habrá que verlo.


El templo es conocido como el de la Trinidad: Siva (Sthanu), Vishnu (maal) y Brahma (Ayan) están representados en la estatua principal. Hay una historia mitológica relacionada con ello, según la cual el sabio Athri vivía en un ashram en el cercano bosque Gnaranyam con su esposa Anasuya. Como hubo una sequíe, salió a buscar el templo de Indra para pedir lluvias. Narada puso a prueba la castidad de Anusuya, y le contó lo virtuosa que era a la Trinidad femenina (Parvati, Lakshmi y Saraswati). Éstas, celosas, se lo dijeron a sus maridos, quienes se disfrazaron de mendigos y fueron al ashram de Athri. La tradición dice que se debe dar alojamiento y comida al viajero, para no incidir en pecado, pero los mendigos dijeron a Anusuya que sólo comerían si servía la cena desnuda. Entonces ella cogió el Padatheertha de su marido (agua sagrada) y les convirtió en bebés. Cuando Athri regresó, su esposa le contó el incidente; y mientras, las diosas, preocupadas por la demora de sus esposos, fueron advertidas por Narada de que permanecían en la tierra como niños. Así que no tuvieron más remedio que bajar a buscarles, y fueron bien recibidas por Anasuya. Sin embargo, no pudieron distingui cuál de los bebés era cada dios, y cogieron uno cada una sin más. Entonces, Anasuya rezó a Agni, el dios del fuego, para que les devolviera a su forma... y resultó que Lakhsmi tenía a Siva, Parvati a Brahma, y Saraswati, a Vishnu. Las diosas quedaron finalmente  humilladas ante la mujer.


El suelo del templo estaba sucio a rabiar y en el exterior, como se puede ver en la foto, había charcos que hacían desagradable pisar la arena descalzo. Tuvimos que dejar las sandalias en un guardarropa que hay en la entrada, por supuesto dejando su correspondiente propina después. Tampoco nos dejaron entrar con cámaras ni con bolsos. Nines entró tal cual, porque no llevaba nada, y Raquel me dejó su cámara y la siguió. Al cabo, apareció para decirme que había otra entrada que no estaba vigilada, y como no queríamos dejar el bolso en el guardarropa, porque vete a saber si lo recuperas, y encima tienes que pagarles 10 rupias, salimos para buscar esa entrada clandestina. Afortunadamente, nos encontramos con el taxista (al que no habíamos pagado aún) y se quedó él con nuestras pertenencias mientras visitamos el templo, entrando normalmente. Por dentro es precioso, está lleno de recovecos con pequeños altares donde los devotos se paran a orar. Hay una gran estatua de Hanuman. También hay una estancia, Alankara Mandapam, en la que los pilares son musicales, suenan cuando los tocas.


Cogimos otra vez el taxi, y resultó que nos llevó a la zona de tiendas de Kanyakumari, y allí nos quería dejar. Faltaban un montón de los sitios prometidos por ver. Ellos son así, se cansan y se acabó el trato; pero claro, nosotras no le quisimos pagar las 300 rupias. Le dimos sólo 200, y aún nos parecía mucho. Tienen una cara...

El lugar más hermoso del mundo

Ya que el taxista nos había dejado allí, aprovechamos para entrar en el templo de Kumari Amman, donde se adora a la diosa Devi, que vence a los demonios y asegura la paz en el mundo (devi también es la palabra para designar a una diosa en general.) Otro guía quiso llevarnos por el interior, pero rehusamos. Estamos un poco hartas de que nos tomen por idiotas, ya hemos tenido la ración de hoy. Dentro no hay gran cosa, aunque subiendo al tejado la vista es fantástica, aparte de poder ver de cerca los relieves que adornan el templo.


Desde allí bajamos a unos jardines donde hay un monumento a los muertos por el tsunami, de colores -cómo no-, y con forma de ola. Es la zona en la que están los "bathing gaths", una construcción llena de columnas por el que se accede al mar, cuando la marea está alta, para el rito de purificación. No es necesario, como en el bautismo, que haya un Ministro de la religión para llevarlo a cabo, el mero hecho de bañarse en el agua simboliza la limpieza del alma. Hay muchos hindúes en el mar, pero hay marea baja y no han accedido por aquí. Todos vestidos, claro.
















































El final del día

De vuelta en tierra firme, buscamos un banco para cambiar más moneda. Aún tenemos dinero, pero mañana saldremos para Varkala y hay que pagar el ashram y el billete.

Como no encontrábamos un banco, entré en Correos para enviar unas postales y de paso, preguntar. El sello a España cuesta 8 rupias. Y del banco, ni idea.

Seguimos andando en dirección al ashram hasta que encontramos por fin uno donde me cambiaron 200 euros por 11460 rupias. Raquel no pudo cambiar sus yenes, y se fue con Nines a probar en el banco del ashram. Yo di la vuelta para comprar una maleta -la mía está rota-, que tras duro regateo me salió por 1000 rupias, candado de regalo. Compré también cardamomo y comino a granel, y azafrán en hebra (50 rupias el paquetito), y un par de esteras pintadas para colgar en la pared, para mí y para unos compañeros de trabajo, Óscar y Edu. Y volví al ashram a hacer la maleta y descansar.

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En el ashram

Raquel se echó una buena siesta y yo me dediqué a escribir postales y pasar las cosas de la maleta vieja a la nueva, así que descansamos de tanto paseo casi hasta las 20h.

Quedamos en encontrarnos con Nines y Hana en un restaurante que hay en la zona de tiendas donde ellas ya habían comido el día antes. Ya habían acabado al llegar nosotras, pero estuvimos las cuatro charlando hasta que cenamos Raquel y yo. 

En este sitio, una terraza sobre una de las tiendas, al aire libre, sólo sirven chappati. Son unas tortas ácimas, finas y calientes, con las que se cogen los diferentes guisos que se ponen en el plato y en unos cuencos: uno de patata, de color amarillo; otro, marrón, de dhul, que son lentejas; y otro rojizo más líquido que no sé de qué era. También nos ponen una guindilla, una cucharada de una salsa roja picantísima y un guiso de quingombó, que allí llaman okra (o ladyfinger, en inglés), y que es un vegetal estrellado de forma similar al pepino. Además, nos sirvieron pappadums, unas tortas crujientes que se parten fácilmente y son picantes; y después de todo, arroz, aunque yo ya no quise. Van de mesa en mesa sirviendo la comida según la van haciendo, muy caliente. Nos trataron tan bien que, a pesar de no tener chai, bajaron a un bar a por él porque se lo pedimos. 

Mañana nos separamos: Hana se va a la reserva de Periyar, nosotras a Varkala y Nines vuelve a Fort Kochi. Todas cogemos el tren de las 5,30h, menudo madrugón, para variar...

Varkala

Kanyakumari, 13 de septiembre de 2006

Muy puntualmente estamos partiendo en el tren de las 5,30h hacia Varkala. Afortunadamente, no tenemos que hacer trasbordo, ahorrándonos tiempor y mareos en otra estación. Esta noche me han picado los mosquitos por todas partes. Uno muy simpático me picó en el ojo izquierdo, y lo tengo como si me hubieran dado un puñetazo, todo rojo e hinchado. Nines dice que se bajará en unas horas...

El ticket me ha costado 77 rupias en sleeper class, que es la que tomamos desde Trivandrum, con compartimentos de asientos acolchados y no de madera, como el que cogimos en Kanyakulam. Nos hemos encontrado con Hana en la estación, pero ella tiene un billete diferente que no sabemos a qué corresponde, y un trabajador le ha dicho que no podemos viajar todas en el mismo compartimento.

En la estación, por 8 rupias me he tomado un vasito de chai y he comprado una torta del dulce de cacahuete que compraron Hana y Nines en el viaje de ida. Es muy dulce.


Cuando estábamos llegando a la estación, un chico en bicicleta nos llamó. Venía desde el ashram, porque dejé la maleta vieja vacía, pensando que le arreglarían la cremallera y la podrían usar si querían. Se lo expliqué al chico, que me pidió que la abriera (la había traído con él) para cerciorarse de que estaba vacía. Se quedó muy sorprendido. Raquel quiso darle una propina de 10 rupias por las molestias, a lo que el chico respondió preguntando por qué se la dábamos, rehusando el dinero. Es la primera vez que nos ocurre en India, supongo que se debe a que trabaja o vive, o las dos cosas, en el ashram.


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Nines le ha comprado el desayuno a uno de los vendedores ambulantes del tren. En una bandeja de cartón, una pequeña torta de harina de arroz (itris), y algo similar a un buñuelo picante, por supuesto servido con curry. 10 rupias.


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Varkala.


Sobre las 9 AM hemos llegado a Varkala, Había muchísima gente en la estación, y al primer conductor de rickshaw que se nos acercó le dijimos que no queríamos sus servicios. Luego fuimos a donde estaban varios estacionados y cogimos uno que le parecía a Raquel que tenía cara de muy buena persona. Nos cobró 40 rupias por llevarnos al Jicky's Rooms, que aparece en la Lonely Planet con una buena reseña. En cuanto bajamos del rickshaw, el "botones" cogió las maletas y la dueña vino desde la casa de enfrente a enseñarnos la habitación. Está en la planta baja de un edificio con dos alturas, y es idílico. Asientos de bambú a la entrada, todo alrededor es un jardín, el WC es occidental y parece más limpio que los anteriores, y tiene una mosquitera malva nueva que mi ojo agradecerá para evitar más picaduras. Son 250 rupias por noche. La señora es un encanto y el chico de las maletas se fue sin darnos tiempo a dejarle propina. La mujer nos trajo el libro de inscripción a la mesita del porche, donde vi que había otra española que se había inscrito ayer. La dueña me dijo que era la chica que estaba tendiendo la ropa al lado, conque cuando acabamos de firmar y rellenar, fuimos a saludarla. Se llama Nerea, es de Irún y ha estado un mes en Nepal y ahora estará otro en India. Nos ha contado lo impresionante que es Varanasi, lástima que no podamos verlo.


Ahora iremos a la Black Beach, no lejos de aquí. Ha llovido hasta ahora y no hace mucho calor, conque nos limitaremos a pasear por la playa un rato.


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El chico de las maletas nos indicó el camino a la playa. Resulta ser un paseo preparado para que el turista vaya mirando toda clase de tiendas en lugar de ver el mar. La playa está bajo un acantilado, y sobre éste se sitúa el paseo en cuestión. Se nota que los indios qu eviven aquí son más ricos: hay unas mansiones tremendas en el camino del tren al hotel y la ropa de muchos es occidental.


Me he puesto el sari yo sola, fatal, por cierto, y cuando paramos en la oficina de cambio para que Raquel pudiera comprar rupias, el chico que nos atendía me lo dijo. Se ofreció a llamar a una mujer para que me ayudara a ponérmelo bien, pero como no llevaba pantalón ni combinación, decliné la oferta...

En la misma oficina contratamos un paseo de una hora en elefante por 700 rupias las dos. En fin, es una atracción y punto, como los paseos en embarcaciones de los backwaters, por ejemplo. No lo pagamos aún, a las 15,30h tendremos que estar en la oficina y entonces lo abonaremos. Nos llevan al lugar y nos traen de vuelta por el mismo precio.


Por supuesto, hemos hecho compras. En la primera tienda, la dependienta me puso el sari correctamente, menos mal, porque todo el mundo me estaba diciendo que estaba mal puesto. Con ella hablamos sobre Amma, porque nos preguntó de repente si habíamos estado en el ashram. Es interesante hablar con los nativos sobre lo que ella predica.


La compra más interesante fue en una joyería. El dependiente era de Kashmir, sus rasgos eran parecidos a los del de la tienda de Trivandrum. Yo había visto unas pulseras para hombre y pregunté los precios. Nos sentamos con ellos -uno atendió a Raquel y otro a mí- a petición suya y empezaron a sacar material. Había pulseras de hasta 2800 rupias, de hecho en principio quería cobrarme 2500 por la que me llevé al final por 900. Y me sigue pareciendo carísimo. En cuanto ven que les ignoras modifican radicalmente los precios, porque salen ganando muchísimo igualmente.


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Comimos en el restaurante del hotel, que está bastante separado de él y más bien cerca del mar. Fue bastante escaso, tardaron -como siempre- un montón, y para colmo me trajeron un zumo de pistacho lleno de hormigas rojas luchando por sobrevivir. Ni que decir tiene que ni lo probé... Nos cobraron más de lo normal, según lo que veníamos pagando hasta ahora, así que decidimos que iríamos a otro sitio para cenar.


Nos cambiamos, porque estábamos empapadas por la lluvia y porque yo llevaba el sari, poco apropiado para montar en elefante...

Uni

Pagamos el precio acordado y un rickshaw nos llevó al lugar en cuestión, en el mismo Varkala pero muy alejado de donde nos hospedamos. Es una población muy grande, y por supuesto mucho más interesante que la zona de playa para turistas.



Entramos en el recinto de una casa con jardincito. Había tres hombres cuidando al animal. El elefantito, que era muy pequeño para lo que nos esperábamos, estaba atado por la pata trasera a un palo con una cadena, como si fuera un perro. En cuanto lo vimos, se nos quitaron las ganas de montarlo. El pobre animal no se podía ni mover, y el espacio donde estaba era enano para un ser tan grande. Se balanceaba hacia los lados, y cuando preguntamos por qué hacía eso, nos dijeron que estaba jugando. El taxista nos hacía de intérprete, porque era el único que hablaba inglés.



Hicieron que se tumbara para limpiarle el lomo con un haz de paja, ¡y querían que nos subiéramos las dos a pelo y a la vez! En fin, una silla no nos iban a poner, pero subimos de una en una. Raquel estaba muy asustada, se montó la primera y duró diez segundos. Yo fui hasta la esquina de la calle, pero me faltó muy poco para caerme. Hay que subir descalzo, apoyándose en la rodilla del elefante, y una vez arriba se sienten todos los movimientos de las patas delanteras. Uno se va hacia delante, por más que te intentes sujetar a la cuerda y la correa de metal que lleva al cuello, no hay estabilidad. 

Me bajé de mala manera y no quise subir más porque me pareció muy peligroso, y eso que sólo anduvimos por la carretera, sin bajadas ni subidas. En la casa le dimos de comer: uno de los cuidadores le ponía enormes bolas de arroz en la boca, y nosotras le dimos plátanos, con cáscara y todo. Era precioso; se llamaba Uni. Tenía diez años, es decir, era jovencísimo, ya que viven un centenar. En la cabeza tenía unos cuantos pelos muy largos y duros, y las orejitas cortas y gachas, no como los africanos. Pregunté si lo aparearían, pero al pobre no le van a dejar tener crías ni nada, en total cautiverio. No deberían vender atracciones así a los turistas. Es indignante.




 
En el camino de vuelta, el taxista, muy
amablemente y por su cuenta, nos paró para que viéramos un paisaje junto a la Black Beach, una playa de arena negra; y un templo de Durga.










Le pedimos que nos dejara en la estación porque, como siempre, nos olvidamos de preguntar los horarios a la llegada. Bueno, en realidad salvo escasas excepciones el horario les importa un pepino, pero al menos para hacernos una idea. Queríamos además dar una vuelta por el pueblo, pero al final no pudimos porque empezó a llover a mares de nuevo. Cosas de los monzones. 






Nos atechamos como pudimos en un puestecito cerrado, cuando pasó un rickshaw y lo tomamos para volver al hotel. El conductor era un chico de 20 añitos, Nifaba; guapísimo, pero no hablaba apenas inglés y tampoco debía llevar mucho tiempo conduciendo el rickshaw, porque no sabía dónde estaba nuestro hotel. El chaval era un seductor nato, condujo la mitad del camino mirando hacia atrás para hablar con nosotras, incluso paró el vehículo y nos dijo que probáramos a conducir nosotras (¡!), y aunque Raquel quería probar, estaba lloviendo demasiado y había tráfico, amén del estilazo que tienen los indios conduciendo... un peligro público. Nos hicimos una foto con él en el parking de la zona de tiendas que hay al lado del hotel, por no hacerle dar más vueltas buscando el camino. Por supuesto, nos pidió las fotos cuando las reveláramos, nos dio su dirección y se despidió de nosotras besándonos las manos varias veces. Nos morimos de risa. Este tipo de conductas es graciosa como anécdota, pero ni loca mantendría correspondencia con alguno de estos pretendidos donjuanes. Ocurre muy a menudo en los países del Tercer Mundo, quieren una dirección en Occidente en la que poder presentarse en caso de que consigan llegar hasta allí, y puede ser muy peligroso.