Safe Creative #0911295027422

La Pagoda del Perfume

Jueves, 16 de noviembre de 2006. Ha Noi

Anoche llegamos al hotel y tardamos medio segundo en quedarnos dormidas. Y esta mañana nos levantamos a las 7 para ir a la Pagoda del Perfume, vendrán a recogernos al hotel entre las 8 y las 8,30. Ahora mismo estamos desayunando en el restaurantito del Fortuan, porque nos han dicho que viene incluido en el precio de la habitación un menú matutino a base de huevos fritos, pan con mantequilla y mermelada, arroz, fideos, fruta y bebida. Todo ello.

***********************************************************************************


Han venido a recogernos justo cuando acabamos de desayunar  -por cierto, debimos entender mal, porque no nos trajeron arroz ni fideos- y ahora estamos en una furgoneta Ford con equipazo de música Sony, un conductor y una guía muy bien vestidita, que habla muy bien inglés y que se llama Chang.

Hemos ido a recoger a otros turistas a sus hoteles: una pareja de franceses y un chico italiano, y Chang nos ha dado una charlita sobre lo que vamos a hacer: tardaremos un par de horas en llegar al río Day, que sólo está a 70 km de Ha Noi, pero como las carreteras no son muy buenas que digamos y hay tantísimas motos, se ralentiza mucho el desplazamiento. Hay que subir el río en canoa y luego, trekking hasta la cima del monte, donde está la cueva que alberga la pagoda más grande.

*********************************************************************************


Pues efectivamente, ése ha sido el recorrido. Llegamos a Ha Tai, el pueblo donde se toman las canoas; dejamos la furgoneta en un garaje privado, me compré un non (un sombrero cónico de por allí, yo y mis disfraces), y nos montamos en dos barcas rojas de remo, con conductor: Raquel, Renato (el italiano) y yo en una; los franceses con Chang en la otra. La embarcación es muy incómoda, no se pueden estirar las piernas y los asientos son muy bajos, de modo que uno va medio encogido, pero el paisaje es tan cautivador que no importa. Los campesinos usan idénticas barcas para ir de un campo a otro, y otras más grandes y a motor para transportar arenisca o paja. En las orillas crecen nenúfares rosas, y aunque en esta época las flores están cerradas, dan al entorno un toque de magia.

Llegamos a una zona de tiendas de souvenirs que anunciaba que habíamos llegado a la subida a la pagoda. Se puede ir a pie, como nosotros, o en funicular. Cada ciertos tramos hay puestecitos para comer y beber, y los vietnamitas intentan venderte de todo. En uno nos encontramos a un grupo de españoles de Girona, ya mayorcitos, y nos los volvimos a encontrar varias veces en el camino de ida y en el de vuelta.


Una vez subida la montaña, hay que bajar unas escaleras para llegar a la primera pagoda que vimos. Huong Da, "pagoda del perfume", es el nombre que recibe el complejo de pagodas y santuarios que hay en la montaña, de los cuales visitamos dos.

Antes de bajar los 120 escalones que llevan al lugar sagrado (y en ese momento te preguntas: ¿para esto he tenido que subir la montaña? ¿Para volver a bajar???), Chang nos contó varias cosas: en primer lugar, la diferencia entre "pagoda" (budismo) y "templo" (para honrar a los ancestros.) También, que las pagodas del Norte de Vietnam se parecen a las Chinas y las del Sur, a las indias o tailandesas. Nos dijo que Huong es el nombre de una montaña de China donde estuvo Buda, y en honor a ello le pusieron ese nombre a la pagoda, que en vietnamita significa "perfume" casualmente. Viene muy bien, porque entre enero y marzo, que es cuando se celebra el festival de la pagoda, florecen muchas plantas que hacen aromática la ruta. Normalmente, la gente acude a los ritos el primer y el decimoquinto día del mes. A la entrada de la gruta, porque el santuario está en una cueva, hay una inscripción en chino que dice que es la pagoda más bella del sureño Vietnam. La verdad es que es muy bonito, con sus fantásticas formaciones de estalactitas y estalagmitas, y la gente las toca para pedir salud, belleza o dinero.


Después recorrimos de vuelta todo el camino y paramos a comer en un restaurante cercano al embarcadero. Los de la agencia tuvieron la delicadeza de preguntarnos si seguíamos alguna dieta específica, y además de la mía tuvimos que contar con Céline, que tampoco come carne. Comimos tofu en salsa de tomate, una tortilla con vegetales, espinacas, patatas fritas, y había pescado y cerdo con una especie de rebozado. La bebida iba aparte. Después de comer vimos un santuario que hay al lado, con una entrada dividida en tres puertas: la central, para los reyes; las otras, para los mandarines y demás nobles. Era muy parecido a los templos japoneses, con dos figuras de leones impactantes y un pabellón oscuro donde estaban los iconos al que había que acceder descalzo. Al contrario que en Japón, nos dejaron sacar fotos dentro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario